Plantar una planta y cuidarla
 
 
 
Hablando con un amigo terapeuta, le comenté el tema de que me estaba empezando a interesar la magia. También le comenté que me venía a la mente una casa rural en la cual, en el futuro, creía que iba a vivir y a establecer mi centro de terapias.

Él, fan de Jodorowski, me habló de la Psicomagia. Me dijo que para conseguir la casa rural tenia que plantar una planta con los siguientes ingredientes:

- Tierra de una casa rural.

- Un papelito donde pusiera:  - Es aquí mi casa -.

- Semillas de la planta que yo quisiera.

Así que reuní los ingredientes. La tierra la saqué de una casa rural donde se hacían terapias y cursillos varios. Esta, como no había cogido suficiente, tuve que mezclarla con arena fértil comprada. Pensé: - Esto significa la nueva energía que coge lo mejor de la antigua, y la fertilidad del nuevo lugar que encontraré -.

Una vez puesta la arena y el papelito, puse algunas semillas. Al hacerlo, coloqué la planta en donde sentí que debía ser su lugar: una mesita al lado de la ventana. Me la miré, y sin creer mucho en lo que hacía, llamé al espíritu de la planta. Al instante noté una energía entrando en la maceta. El espíritu de la planta se metió dentro. Dudé de lo que había sentido y pensé en cuando me juntaba con gente “New Age” (yo era de los que sentía poco); pero lo había percibido tan intensamente que supe que era real.

Pasaron varios días y la planta no crecía. Ni un solo trozo de hierba. Eso me impacientaba.

Una noche tuve un sueño: dentro de la tierra de la planta había papeles, una hamburguesa del Mc Donalds, cigarrillos fumados, un trapo sucio, etc... Al despertarme me sentí sucio. Me di cuenta de que el sueño me estaba diciendo que debía limpiar mi suciedad interior para que la planta creciera, y así poder encontrar la casa la rural y todo lo que significaba esta.

Como suele pasar con casi todos los que hemos hecho terapias de crecimiento pensé: - ¿Llevo años limpiándome, todavía debo hacerlo más?- Y sí, la respuesta era que todavía había que limpiar más; así que tomé conciencia de ello. Una pequeña hoja de hierba empezó a brotar.

Pasó un mes o dos, o tres, y la planta ya había crecido bastante. Había una pequeña rama verde con hojas pequeñas, y dos ramas que yo había pensado que eran de la misma planta y resultó que eran malas hierbas. No sé por qué, pero me negaba a ver los hierbajos. Mi pareja me decía: - Esta planta no puede crecer por que los hierbajos no la dejan -.

En esos días yo había tomado mucha conciencia del odio que había dentro de mí. Fue eso que ya sabes pero que de golpe se hace grande y explota. Resultó que fui a un curso en donde me cayeron mal dos personas sin que me hubieran hecho nada. Y resulta que el último día del curso, mediante otra persona, acabamos comiendo juntos en la playa y haciendo un miniconcierto de cuencos de cuarzo. Aquellos que me habían caído mal estaban totalmente abiertos a mí, con un buen rollo y una aceptación que golpeó fuertemente a mis fantasmas interiores. Me di cuenta de que había que arrancar de mí algunas cosas oscuras.

Así que cogí la planta y arranqué los hierbajos, pronunciando varias veces:

- Yo te arranco como arranco mi odio.

Luego quemé estas hierbas mientras pronunciaba:

- Yo quemo estas hierbas como quemo y libero mi odio.

Como era hierba verde y fresca costó bastante de quemar. - Quitarme el odio de encima cuesta - Pensé.

Al día siguiente algo ya había cambiado en mi; pero no me di cuenta hasta al cabo en unos días. Mi odio había disminuido mucho, aunque no al 100%. En mi cabeza reinaba el silencio. Mis pensamientos repetitivos eran menos. Tenía la mente más calmada, más libre, y me volví mucho más sereno. En la planta empezaron a brotar más hojas.

Era curioso, nunca había caído en lo feliz que podía hacerte que una planta empezara a crecer.

Ya en la primavera, toda la maceta era planta. Y las flores preciosas empezaron a salir. Ahora entendía por qué a mi padre le gustaba tanto pasar horas arreglando el jardín de casa. Eso es algo que hay que vivirlo y sentirlo.

Como la planta estaba muy grande y con muchas flores empecé a regarla un poco más de lo habitual. Las flores se marchitaban al día de florecer. Pensé que era el sol que las quemaba y empecé a cambiarla de sitio. Pero las flores seguían marchitándose y los troncos perdían fuerza. Y yo regaba pensando que necesitaba más agua.

De repente, me di cuenta de que por encima de la arena de la planta había un centímetro o más de agua. ¿Pero como no me había dado cuenta antes? ¿Como había podido ser tan tonto?. Vacié la planta de agua y esperé a ver si se recuperaba. Pero la planta seguía perdiendo vida. Yo quería la planta, le daba amor, y entonces, esta tenía que recuperarse. Pero no se recuperaba.

A los tres o cuatro días, con un bastón hice un agujero en un lado de la planta y vi que esta estaba llena de agua por dentro. La puse de lado y estuve un buen rato dejando salir el agua. Pensé otra vez: ¿Como no lo había visto antes? ¿Como había vuelto a ser tan tonto?.

Las raíces de la planta estaban podridas. Ahora ya solo un milagro podía salvarla. Miré la planta y ella me habló:

- Vine para enseñarte lo que es crear vida vegetal y para que experimentaras todo el proceso que has experimentado. También vine para que tomaras conciencia que el amor ignorante, sin conciencia, puede matar. No puedes ahogar una planta con un litro de agua y no darte cuenta. Hay que estar alerta, ser consciente de lo que se hace. Ahora debo irme, ya he cumplido con lo que vine ha hacer. !Tranquilo y adelante!-

Me sentó mal lo que me dijo, aunque lo acepté bastante bien. Era una buena lección que me hacía crecer.

Pero podía intentar resucitar la planta. Hice un llamamiento por si había algún espíritu que quisiera venir a intentar salvar la planta. Y este vino, aunque esta vez no lo noté con tanta fuerza como la otra vez.

Inicié un proceso desesperado en donde cambié la tierra, sequé las raíces con un secador y pedí un milagro. Pero en el fondo sabía que no resultaría. Además, quizá no deseaba que resultase, ya que ya había aprendido lo que tenía que aprender.

La planta no resucitó y el espíritu que había venido a resucitar creí entender que me dijo:

-Ya sabía que no resucitaría. Pero he venido para que pudieras experimentar esta agonía e intento desesperado. No pasa nada, a mi no me sienta mal. Me ha complacido colaborar en tu crecimiento-.

Lo acepté sin darle muchas vueltas.

Con expresión vulgar pensé:

- ¡Joder! Si que ha dado de sí esto de plantar una planta. Tela marinera. ¡Nunca me había imaginado que fuera a vivir tantas enseñanzas! -.

Luego pensé que igual todo esto del espíritu de la planta me lo había imaginado. Pero había sido algo que vino a mi sin buscarlo, que me pilló por sorpresa. Y eso le daba credibilidad. En el fondo sabía que, al menos, el primer espíritu era de verdad. El segundo quizá mentalmente tuve interferencias o quizá también fue real. Supongo que era algo que con el tiempo iría aprendiendo a distinguir. Y las lecciones aprendidas; eso no me lo quitaba nadie. Sobretodo la humildad de liberar mi odio y lo de que amar con ignorancia puede matar.
 

Tiempo después, al leer esta historia que viví, puedo ver que, quizá, también ahogué la planta por qué esta había crecido demasiado fácil. Estamos acostumbrados a que todo sea difícil y que no siempre salga como esperamos, y eso hace que rechacemos lo fácil ya que no nos lo creemos. Y en verdad, si las cosas no son fáciles y simples, es porque no nos permitimos que así sea.
Carles Gallego ©2009
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