- LIBERANDO PIEDRAS -
 
 
 
Era un sábado por la tarde y era el día de la despedida de soltero de Pablo. Sus amigos se presentaron en su casa antes de que hubiera almorzado y se lo llevaron en coche al pie de una montaña.

Ahí empezó el juego de la despedida. Los amigos, siempre buscando cosas originales que “puteasen” al futuro casado, sin pasarse demasiado de la raya, le dijeron:

- Ahora, si quieres que te demos un bocadillo, deberás conseguir un Euro -.

- La madre que los....-. Pensó Pablo. Aunque la idea le había hecho gracia.

Había un par de coches aparcados con personas que ya se iban. Así que antes que se fueran tocaba pedirles limosna. Aunque tenía cierta gracia, era un poco violento acercarse a pedir dinero a unos desconocidos. Pero había que hacerlo, no podía hacer un feo a sus amigos, y además, tenía hambre. Así que se acercó a una primera pareja y les explicó que si no le daban un Euro sus compañeros no le darían de comer. Lo hizo con poca gracia, ya que era su primer intento, y todavía no había cortado el hielo. La respuesta, sin mirarle y sin darle el Euro, fue:
- Suerte -.

En fin, no había que desanimarse, solo era el primer intento.

Tocaba probar con la pareja que había al otro lado del coche. Les explicó que le habían secuestrado y que no le darían de comer sino conseguía un Euro. La pareja rió, lo que hizo pensar que le darían el Euro. Pero siguieron a lo suyo y no le dieron nada.

- ¿Será que lo estoy pidiendo mal?- Pensó Pablo. - ¿Podría decir que es por una despedida de soltero, pero ya se sobreentiende, no?-

Pablo vio unas mujeres que finalizaban el descenso de la montaña, y se fue a por ellas. Al pedir el Euro enseguida rieron y se fueron a su coche a por dinero.

Pablo se sorprendió. - ¿Que ha pasado ahora para que haya resultado más fácil? ¿Lo he pedido con más gracia?- Se preguntó.

Pablo les dijo que con 50 céntimos ya tenía suficiente, ya que sus amigos, por compasión, le habían bajado el precio del bocadillo. Justo después de recibir los 50 céntimos, la segunda pareja, al ver que se trataba de un juego inocente se acercó y le dio 30 céntimos más, aclarando que no tenían más monedas.

Pablo lo agradeció y se puso enseguida a comer su bocadillo. Una vez conseguía lo que necesitaba, encontraba que el juego tenía su gracia. Mientras comía le anunciaron su auténtica prueba:

- Toma esta mochila cargada con las bebidas y con unas cuantas piedras. Mientras subamos la montaña deberás ir vendiendo las piedras de tu mochila. Cuando llegues arriba deberás haberlo vendido todo. Sino te penalizaremos-. Dijeron

- La madre que los.....- Volvió a pensar Pablo. Aunque también le encontró su gracia.

Al menos el camino no era muy empinado y aunque con peso, se podía caminar bastante bien, menos en los puntos con nieve helada.

Con las primeras personas con las que se cruzó les ofreció una señora piedra a cambio de dinero. Al ver que no reaccionaban les comentó que se la podían cambiar por una piedra más pequeña, o por algo que llevasen encima. Nadie había dicho que no se pudiera hacer trueque, así que esta idea parecía una buena manera de salirse del problema. Así que Pablo pudo cambiar su primer pedrusco por uno más pequeño.

- Vaya, parece fácil esto-. Pensó.

Más arriba, volvió a intentar vender otra piedra. El grupo “asaltado” sonrió, y después de insistir consiguió cambiar una pequeña piedra por un bonobús ya gastado.

Al siguiente grupo Pablo no quería decirles nada, pero sus amigos insistieron. Solo hablarles aceleraron el paso y pasaron de largo.

– Ya me lo había parecido que estos no valía la pena intentarlo -. Pensó Pablo.

El siguiente grupo, que bajaba cantando y sonriendo, reaccionó riendo, se pusieron a buscar dinero en su mochila, y al no encontrar-lo cambiaron la piedra por cereales. Además, se hicieron una foto juntos.

- Que grupo más majo-. Pensaron Pablo y sus amigos.

El siguiente grupo resultó ser un par de turistas que casi no entendían el idioma. Fue muy divertido conseguir cambiar una piedra grande por una pequeña. Pareció que no habían entendido nada y que habían pensado que Pablo y compañía estaban locos.

El siguiente grupo fue especial. Eran dos hombres de unos cincuenta y pico años. Al ofrecer el pedrusco enseguida sonrieron. El hombre más bajito, el cual se veía un hombre bello, de estos que reflejan serenidad, sabiduría y amor; reaccionó enseguida:

-¿Has llevado esta piedra durante todo el camino?- Preguntó.
Pablo respondió que sí.
-    Pues yo la conservaré hasta el final del mío -.

¡Guaaau! Fue súper espiritual. Pablo sintió que recibió paz, armonía y amor, como pocas veces lo recibía en contacto con otras personas.

Cambió la piedra por un pequeño tronco. Parece ser que en la montaña nadie lleva dinero, aunque tenía más gracia el intercambio que el pedir dinero.

El siguiente grupo era de unos seis jóvenes. Al pedir cambiar la piedra por algo enseguida sonrieron y felicitaron por su futura boda a Pablo. Aunque alguno, en broma, le dio el pésame. Le dieron una mandarina, a condición de que no la tirase y se la comiese por el camino. Esta estuvo buenísima.

El siguiente grupo era una pareja de unos casi treinta años. Reaccionaron a la defensiva, apartándose un par de metros.

-¿Por qué quieres el dinero?- Preguntó el hombre.
-    Para descargarme de las piedras que me han cargado estos energumenos que me acompañan.- Respondió Pablito.
-    ¿Y por qué te dejas hacer esto?- Dijeron como insinuando que Pablo era tonto.
-    Es por mi despedida de soltero- Respondió.
-    Ah, pues yo no me casaré nunca-. Respondió el hombre, se giró y se fueron. La mirada de su compañera pareció dar a entender que no le había gustado la respuesta de su hombre.

- Podrían haber sido un poco más simpáticos -.  Pensaron.

En fin, ya se acercaba la cima, y al novio solo le quedaba una pequeña piedra que escondía en el bolsillo.

- ¿Cómo puede ser que ante la misma situación haya reacciones tan diferentes?- Se preguntaba. - ¿Por qué con unas reacciones me he sentido mal, dudando de mí mismo, y con otras me he sentido muy bien, totalmente lleno?-
 
 
La situación daba para reflexionar.

- ¿Y si en mi día a día me pasa lo mismo?. Actuando de la misma manera, normalmente obtengo diferentes respuestas, dependiendo del tipo de persona con la que interactúo. Cuando estas son positivas me siento reafirmado, y cuando son negativas me entran dudas sobre mi actuación -.

- ¿Es evitable esto? ¿Todos necesitamos que nos validen? Supongo que hay que saber vivir siendo uno mismo, sin dejarse influenciar por los demás. Pero somos seres sociales y es inevitable que el contacto con los demás conlleve un resultado emocional-. El razonamiento seguía su curso.

- 100% impermeable es imposible, y diría que desaconsejable. La insensibilidad suele ser propiedad de los psicópatas. Pero tampoco se puede estar siempre a disposición de los demás. Lo que no puede pasar es que personas sin gracia por la vida, desconfiadas, manipuladoras y demás características por el estilo, debiliten inyectando culpa, miedo y dudas a personas con gracia, que aman la libertad, justas y sensibles -.

- ¿Formará parte todo este concepto de la guerra luz "versus" oscuridad? ¿Durante el ascenso se han producido intercambios energéticos beneficiosos y otros que son nocivos? Parece ser que sí -. Concluyó Pablo.

- Aunque al final, si algo me sienta mal, siempre depende mi estado de ánimo, de la seguridad que tengo en mí, de cuanto amor hacia mí mismo y hacia los demás hay en mi corazón, y de mi nivel de conciencia. Ergo: ¡Yo tengo el poder!-.
 
 
¡Y un ratito a pie y otro andando, llegaron a la cima de la montaña! Que a gusto se siente uno cuando en la cima contempla el paisaje y siente como el viento le limpia.

El grupo se hizo la foto y hacia abajo, que hacía frío y el sol se quería ir a dormir.

Al comenzar el descenso, el hermano de Pablo se encontró una moneda de 2 céntimos en el suelo y la cogió.

- ¡Mirad, una moneda!-

Pablo se sacó su última piedrecilla y dijo:

- ¡La montaña me compra la última piedra! ¡Muchas gracias!-.
 
 
Carles Gallego ©2011
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